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LA EXPERIENCIA DEL VIAJERO. cómo se diseña un apartamento que se recuerda

LA EXPERIENCIA DEL VIAJERO. cómo se diseña un apartamento que se recuerda

Diseñar para vivirlo: luz, orden y calma

Todo viaje va en busca de una experiencia. Nace de un instinto antiguo de descubrir y adaptarnos a nuevos entornos. Ese impulso ha sido clave para la evolución humana y lo llevamos en el ADN. Hoy, más que nunca, el viajero valora la experiencialidad. Una palabra que abarca todo el recorrido del cliente: buena atención y procesos simples, vivencias memorables y un alojamiento diseñado y cuidado para el uso.

Y es que un apartamento, cuando está bien pensado, te recibe sin pedirte nada. La puerta cede con un gesto, el aire tiene la temperatura justa, la luz aporta confort visual en cada momento, sin carencias ni excesos. No hay objetos compitiendo por la atención. Sencillamente, todo está como debería. Y entonces aparece ese descanso raro, el de saberte querido en una casa que no es la tuya.

Fue a finales del siglo pasado cuando surgió el concepto de “economía de la experiencia”, propuesto por Joseph Pine II y James H. Gilmore que preveían una transición de la economía de servicios hacia una nueva fase social centrada en las experiencias.

El diseño de alojamientos no puede olvidarlo. Ofrece al viajero experimentar la vida local pero cuidando su estancia. La ciudad la elijes tú, sus paseos, museos…y la casa aporta descanso y facilita la vida. Diseñar un apartamento es componer esa secuencia de gestos centrados en las personas: antes de entrar, al habitarlo, al despedirse. No exige florituras. Exige criterio.

Antes de llegar, el viajero agradece lo simple. Un acceso claro, sin instrucciones de manual. Un recibidor que entiende que vienes cargado, que necesitas un plano limpio donde dejar llaves y bolso, que tu maleta encuentre su sitio sin chocar con nada. La casa se presenta con pocos signos: la temperatura correcta, un olor neutro a limpio, a madera, quizás a jabón y una lámpara ya encendida que señala el camino. Nada más. Cuando lo básico está bien resuelto, la belleza se abre paso sola.

La estancia es el corazón. Un apartamento pequeño puede ser generoso si el espacio fluye. La cocina no es un escenario, trabaja cómodamente sin molestar. La mesa, sin adornos superfluos, hace de reunión y de escritorio. La luz no cae de un único punto: envuelve, acompaña, insinúa. Una lámpara de suelo suave el anochecer, otra de lectura que te permite quedarte un rato más. Todo lo demás se retira para que la vida pase: cables ocultos, textiles que tocan el suelo, herrajes que no compiten entre sí. Eso es el silencio visual y es el lujo más discreto.

Hay materiales que saben envejecer. La madera que acepta la marca de un vaso, la piedra conserva su encanto o un tejido que mejora lavado tras lavado. Cuando reduces la paleta y mantienes la continuidad, el ojo deja de tropezar y el espacio se expande. No hace falta exhibición. Basta una pieza con alma, una cerámica, una silla con historia, para recordar que aquí vive gente, aunque sea por unos días.

Al despedirse, la casa también habla. El orden es intuitivo. Recoger lleva poco tiempo porque no hay rincones imposibles, ni labores tediosas. Cierras la ventana, la cortina cae sin ruido, apagas la luz y te quedas con una imagen del pasillo en calma, sintiendo sin saber por qué, que volverías. Ésa es la medida de un buen apartamento. No es una moda pasajera. Desde que entendimos que el viaje no es consumo sino vivencia, el alojamiento dejó de ser un trámite. La práctica lo confirma: la satisfacción llega cuando el lugar te acompaña. No con gestos grandilocuentes sino con la suma de decisiones pequeñas y honestas.

 

Créditos · Texto y edición: Kamorán Studio.

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